martes, 13 de abril de 2010

Evaristo Porras, el triste final de un capo

Desde su última detención Evaristo Porras, el gran proveedor de coca de Pablo Escobar, no hizo otra cosa que querer morirse, y terminó sus días solo, enfermo y arruinado.

La primera vez que fue detenido, Evaristo Porras Ardila logró huir de la cárcel simulando estar enfermo. Fue en 1978. Ese día, ayudado por su socio y abogado, Vladimiro Montesinos, se escapó de la cárcel Daniel Carrión en el puerto peruano de El Callao, diciendo que tenía apendicitis. Quince años más tarde su salud le jugaría una mala pasada. Con los primeros síntomas de párkinson, cojo y sin escoltas, el 15 de diciembre de 1995 cayó preso por quinta y última vez. Esa captura significaría la caída definitiva del imperio de uno de los capos más conocidos del país, no sólo por sus excentricidades, que incluyen una casa que construyó en Leticia como réplica de la que poseían los Carrington en la serie Dinastía y un gigantesco y lujoso prostíbulo en medio de la selva, sino por sus incursiones en la política.

Fue Evaristo quien le ayudó a sus socios del Cartel de Medellín a infiltrar la campaña al Congreso de Rodrigo Lara Bonilla, con un cheque de un millón de pesos. Jairo Ortega, suplente en la Cámara de Pablo Escobar, le hizo un debate a Lara en 1983, cuando este era ministro de Justicia, asegurando que Porras era narcotraficante y había donado dinero al Nuevo Liberalismo. Aun así, el proceso penal que se inició dejó incólume al capo y como acusado a quien había tenido la valentía de confrontarlos públicamente. Y por la presencia de Porras en un acto político en 1993, el Partido Liberal tuvo que expulsar de sus filas a dos connotados dirigentes, Jorge Eduardo Gechem (hoy senador electo del Partido de la U) y Rodrigo Turbay.

El día de su captura amenazó a las autoridades con suicidarse si lo mostraban ante los medios, mientras sufría un ataque de nervios y lloraba de manera incontenible. Así fue recluido en la cárcel Modelo. Llegó al pabellón de Máxima Seguridad donde compartió patio con el guerrillero Yesid Arteta; el paramilitar Alonso de Jesús Baquero, ‘El negro Vladimir’; Juan Diego Arcila, ‘Tomate’, uno de los lugartenientes de Escobar, y un grupo de jóvenes sicarios del cartel de Medellín, al que le sirvió durante tres décadas.

A pesar de estar “entre amigos”, Porras se mostró como un hombre solitario y taciturno. Nunca habló de su proceso judicial ni de su situación personal. Sus compañeros sólo conocieron a su esposa y a su hija menor en las visitas de fin de semana que se hicieron más esporádicas.

Al cumplir su primer año en prisión, Porras intentó cumplir su promesa de quitarse la vida, pero fracasó. Estuvo hospitalizado recuperándose de una intoxicación con pastillas. A partir de ese momento renegó aún más de su suerte. Les repetía a sus amigos que prefería estar muerto y que no descansaría hasta lograrlo.

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